(Contenido del programa en DIEZTV, del 2 de junio de 2026)
Son muchas las personas que quieren “poner a trabajar” sus ahorros, pero el mundo financiero les parece complicado. Y lo es. Por eso vamos hacer un repaso muy básico de que opciones tenemos para mover nuestro dinero en ese mundo.
PARA EMPEZAR, MI PERFIL DE
AHORRADOR O INVERSOR
No
todas las inversiones sirven para lo mismo. Por eso tengo que tener claro
cuáles son mis prioridades. Si es la seguridad de que pase lo que pase no voy a
perder nada, o si busco ganar más dinero asumiendo algún riesgo, o si estoy en
medio y mezclo ambas cosas.
Y una
circunstancia importante, cuándo voy a necesitar mi dinero. Si puedo dejarlo 1,
5 o 10 años, o si voy a necesitarlo para una casa, un coche, una boda o un
negocio en un plazo determinado
Y AHORA, LAS OPCIONES
La más
básica es la cuenta corriente o cuenta de ahorro. El dinero está
disponible en cualquier momento y el riesgo es muy bajo. Son útiles para
guardar el dinero del día a día. Pero ofrecen intereses pequeños o directamente
ninguno. El saldo no baja, pero con el tiempo pierdes poder adquisitivo por el
aumento del coste de la vida.
Un
paso más allá están los depósitos a plazo fijo. Aquí dejas el dinero
“bloqueado” durante un plazo, 6 meses o un año, a cambio de un interés fijo
conocido desde el principio. Es sencillo y seguro, dentro del límite cubierto
por el fondo de garantía de depósitos, 100.000 por titular. Desventaja: el
dinero queda menos disponible, la rentabilidad es moderada y en el mejor caso
apenas llega a la subida del IPC.
Seguimos
con las Letras del Tesoro, Bonos y Obligaciones del Estado. Aquí estás
prestando dinero al Estado a cambio de intereses. Las Letras van de los 3 a los
12 meses y los bonos y obligaciones a más largo plazo, de 3 a 30 años. Son muy seguras,
aunque su rentabilidad cambia según la situación económica.
Y
llega otra categoría, las acciones. Comprar una acción es adquirir una
pequeña parte de una empresa. Si la empresa crece y gana dinero, la acción
puede subir y repartir dividendos. Pero también puede bajar con fuerza. Eso sí,
ofrecen potencialmente más rentabilidad a largo plazo, aunque con mucha
volatilidad. Son adecuadas para quienes aceptan que habrá épocas de pérdidas
temporales.
Para
reducir riesgo tenemos los fondos de inversión. En lugar de comprar una
sola acción o un solo bono, el dinero de muchos inversores se agrupa y un
gestor profesional lo reparte entre distintos activos. Hay fondos
conservadores, mixtos, de bolsa internacional, tecnológicos y muchos más. Su
ventaja principal es la diversificación: “no poner todos los huevos en la misma
cesta”. Tienen alguna ventaja fiscal importante.
Muy
relacionados están los ETF. Funcionan como un fondo, pero se compran y
venden en bolsa igual que una acción. La mayoría replica índices como el IBEX
35. Tienen comisiones más bajas que los fondos y permiten invertir de forma
sencilla.
Uno
más, los planes de pensiones. Están pensados para ahorrar de cara a la
jubilación. Tienen ventajas fiscales, pero el dinero queda menos accesible
hasta determinadas situaciones. Son útiles como complemento, aunque conviene
revisar bien las comisiones y el tipo de inversión que realizan.
También
existen inversiones inmobiliarias, como comprar una vivienda para
alquilarla. Muchas personas las consideran seguras porque son activos físicos,
pero implican gastos, impuestos, mantenimiento y riesgos de impago o bajadas
del mercado. No siempre son tan simples ni tan rentables como parecen.
En el
extremo más arriesgado están los derivados financieros, como futuros,
opciones o CFDs. Son productos complejos que apuestan sobre el movimiento
de precios de otros activos. Permiten ganar mucho dinero rápidamente, pero
también perderlo. Completamente inadecuados para personas sin experiencia.
Las criptomonedas
también merecen una mención, sobre todo para los más jóvenes. Han atraído mucha
atención por sus enormes subidas, pero sus precios pueden cambiar bruscamente
en pocas horas. Son inversiones muy especulativas y de alto riesgo. No entres.
RESUMIENDO
La
gran lección es que no existe la inversión perfecta. Cuanta más seguridad se
busca, normalmente menor es la rentabilidad. Y cuanto mayor es la posibilidad
de ganar dinero, mayor suele ser el riesgo de perderlo.
Antes
de invertir conviene hacerse tres preguntas: cuánto riesgo puedo soportar,
cuándo necesitaré el dinero y cuánto entiendo realmente el producto. Porque en
finanzas, comprender dónde se pone el dinero es casi tan importante como el
dinero mismo.
